domingo, junio 13, 2010

 

La tierra olvidada

Gaza es una enorme cárcel en la que malviven un millón y medio de personas, la mitad de ellos, niños. Gaza, por lo mismo, es una fábrica de odios y anhelos de venganza. Gaza es una villa miseria gigante habitada por personas que le gritan a un mundo que hace mucho dejó de escucharlos.

La Franja de Gaza es el territorio con mayor densidad de población del mundo. El bloqueo impuesto por Israel para evitar que ingresen al territorio palestino armas y suministros militares, ha redundado en la falta de los elementos más básicos para la vida diaria: en “la franja” no hay leche, no hay medicamentos, no hay combustibles, no hay materiales de construcción; en definitiva: no hay nada. Según las personas que han podido entrar allí y pasar con los palestinos algún tiempo, en las calles se pueden encontrar puestos de comida, pero a unos precios imposibles de pagar. La gente consigue los productos de primera necesidad sólo gracias a la ONU.

Según datos de la ONG “Save the Children”, más del 70% de la población depende de la ayuda internacional para poder vivir y asegura que la mayoría de los niños de Gaza carece de agua potable, alimentos y atención médica adecuada. En el mes de mayo UNICEF denunció que la cifra de infantes desnutridos en la Franja se duplicó en menos de un año y que el 80% de la población vive bajo el umbral de la pobreza, mientras que el desempleo supera el 65% de la población activa.

Si el efecto buscado por Tel Aviv al imponer el salvaje bloqueo desde el 2006, era conseguir seguridad para su territorio, la realidad demuestra cada día que la lógica utilizada ha sido más que errada. Con el bloqueo, Tel Aviv quería forzar además la liberación del soldado Gilad Shalit, que cayó en manos de un comando vinculado a Hamas. Hasta el momento y después de la masacre de la Operación Plomo Fundido que dejó más de 1.400 muertos, la estrategia no se ha mostrado exitosa.

Hámas, el grupo integrista contrario a Al Fatah, tiene cada vez más poder en Gaza y con cada día de sufrimiento de la población va tomando una fuerza tremenda, y en gran medida es por culpa de Israel. Su ala política está financiada en parte por Irán y es la encargada de construir escuelas y hospitales en la Franja, además de brindar adoctrinamiento religioso a los más jóvenes.

Hamas le da de comer a la gente que no tiene con qué. Tiene una táctica simple: “si se unen a nosotros, los ayudamos”. Muchas madres viudas, que se encuentran con varios hijos y sin la posibilidad de alimentarlos ven en este grupo la única opción de sobrevivir. Pero no se puede caer en el mismo error que Israel y asegurar que la mayoría de la población de Gaza pertenece a Hamas. Eso no es cierto; hay mucha gente común que sólo busca sobrevivir en el infierno.

Los alimentos se venden en muy pequeñas cantidades y a precios exorbitantes. La mayoría ingresa por lo túneles subterráneos que conectan Gaza con Egipto. Por estos pasadizos que permiten a un millón y medio de personas sortear el bloqueo israelí, lo mismo pasan víveres que armas y explosivos.

La estrategia del topo se conoce desde los tiempos de la guerra de Vietnam. Si el enemigo logra arrinconarte y no tienes salida ni por tierra ni por mar, más vale que te trague la tierra. “Y cuanto más profundo llegues, mejor que mejor” decían los miembros del Vietcong. Desde lo profundo partieron muchas de las ofensivas de la guerrilla vietnamita a las fuerzas norteamericanas. La historia se repite ahora en las tierras de David y de Goliat.

En la frontera de Egipto con Gaza se encuentra la ciudad de Rafah que cuenta con unos 130.000 habitantes y que hierve como un hormiguero. Se dice que más de 10.000 palestinos han cruzado por los túneles hasta ella buscando escapar de la terrible situación en la que viven. Nada los detiene, ni los continuos bombardeos israelíes ni los gases venenosos que se denuncia, tiró en ellos el ejercito de Egipto. Por los túneles, aparte de palestinos, se arrastran sirios, libaneses, egipcios y cualquiera que aspire a incrementar sus ingresos.

Además de los “comerciantes” es indudable que también se aprovechan de la situación los soldados y la policía egipcia, que cobran un peaje para que los “topos” pasen por debajo de sus pies sin ser molestados. Los túneles se tratan como bienes inmuebles: se compran, se alquilan o se heredan.

Los árabes que viven dentro de la frontera de Israel tampoco tienen una vida fácil. Para varios miembros de la derecha israelí, más que los árabes enemigos externos, el verdadero peligro lo ven en los casi dos millones de palestinos residentes en Israel. A ellos se les exige lealtad absoluta al Estado y a los símbolos patrios, que exaltan las tradiciones y el alma judías. Mientras por un lado son víctimas de un discurso claramente racista y son tratados como enemigos, por el otro quieren exigirles el cumplimiento del servicio militar.

El diputado del Likud Yehiel Hazan, en el año 2004 comparaba a los árabes israelíes con gusanos que se dedican, de manera “subterránea” a “hacer mal al pueblo judío desde hace cien años”. Otro miembro del Likud, Moshe Feiglin, dijo: “Pueden enseñarle a hablar a un mono, pero no pueden enseñarle a un árabe a ser democrático. Ustedes se enfrentan con una cultura de ladrones y bandidos. Mahoma, su profeta, era un bandido, un asesino y un mentiroso”. Si eso no es racismo…

Avigdor Liberman ha dicho en el 2008: “Nuestro problema no es Judea y Samaria, sino la dirección fundamentalista extremista que se encuentra en la Knesset. (…) Nuestro problema son los dirigentes árabes israelíes Ahmed Tibi y Barakeh; ellos son más peligrosos que el líder de Hamas en Damasco Khaled Medhaal y el jefe del Hezbollah Hassan Nasrallah. Ellos trabajan desde el interior y actúan metódicamente para la destrucción del Estado de Israel como Estado judío”.

Hanin Zoabi es la primera mujer de un partido árabe que ha llegado al Parlamento israelí. Con su carisma contribuyó a salvar electoralmente el partido de la Asamblea Nacional Democrática (Balad), cuyo fundador Azmi Bishara, a causa de acciones judiciales por traición, debió exilarse. Ella ve en la posición de Avigdor Lieberman y de la extrema derecha, que pretende que se vayan, una suerte de toma y daca: “Yo me retiro de los territorios ocupados, por lo tanto me aseguro la lealtad de quienes viven acá”. Por su parte Netanyahu, al no pronunciarse por la idea de los dos Estados, no ve la necesidad de insistir en el carácter judío de Israel.

Dentro de la sociedad israelí, el mal ya está hecho, cualquiera sea la religión que profese; lo que había conseguido la política de Rabin y Peres ya se perdió: según encuestas realizadas en 2007 y 2008, el 78% de los judíos israelíes se oponen a que haya partidos árabes en el gobierno; el 75% no querría vivir en el mismo edificio en que viven árabes; el 75% los juzga inclinados a la violencia -el 54% de los árabes piensa lo mismo de los judíos-; el 68% tiene miedo a una nueva Intifada; el 64% teme por la tasa de crecimiento demográfico árabe; el 56% piensa que “los árabes no pueden alcanzar el nivel judío de desarrollo cultural”. Por el lado de las soluciones, el 55% de los judíos israelíes cree que el Gobierno debería alentar la emigración de los árabes; el 50% recomienda su transferencia (la pregunta sería a dónde si además se les niega un Estado propio), y el 42% propone que se les retire el derecho a votar.

Desde el otro lado, el 52% de los árabes israelíes acudieron a las urnas con un voto radicalizado. Sólo el 12% de los electores árabes eligieron a uno de los partidos sionistas en lugar del 30% de hace tres años. El retroceso es evidente.

La pregunta del millón es cómo encontrar una salida en medio de tanta irracionalidad y odio.

Rosanna González Pena
Mar del Plata, 13 de junio de 2010.

Fotos: Save the Children-UK

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