jueves, marzo 22, 2012

 

Novela negra: Un ser abominable

Cinco años después de leer Roseanna, la primera novela de la serie del inspector Martin Beck, escrita por los padres de la novela negra sueca Maj Sjöwall y Per Wahlöö, y ya leídas las cinco siguientes de la serie, por fin cae en mis manos la que hizo el número siete: Un ser abominable.

Un ser abominable (1971, Maj Sjöwall y Per Wahlöö)

En esta ocasión, en lugar de hacer un resumen o dar una opinión (esto último no podría hacerlo todavía), voy a poner el inicio del capítulo seis. Creo que basta para hacerse una idea sobre qué significaba para Sjöwall y Wahlöö describir la escena del crimen. ¡Cómo disfruto con las novelas de Sjöwall y Wahlöö!
La habitación tenía cuatro metros y medio de larga, tres metros de ancha y unos tres y medio de alta. Los colores, monótonos, eran de un sucio blanco en el techo y de un indefinido amarillo grisáceo en las enyesadas paredes. En el suelo, losetas de mármol blanco grisáceo. Los marcos de la puerta y de las ventanas de un gris claro. Ante la ventana colgaban pesadas cortinas de damasco amarillo pálido y, tras ellas, otras más finas, blancas, de algodón. La cama de hierro estaba pintada de blanco, o sea del mismo color que las sábanas y la funda de la almohada. La mesita de noche era gris y la silla de madera era de color pardo oscuro. La pintura del mobiliario estaba descolorida, y las ásperas paredes aparecían agrietadas por el tiempo. El estuco del techo se había desprendido en algunas partes, y se veían manchas oscuras donde había penetrado la humedad. Todo se veía viejo, pero estaba limpio. Sobre la mesa había un jarrón de níquel plateado con siete pálidas rosas rojas. Además, unas gafas y la funda de éstas, un tazón de plástico transparente con dos pequeñas pastillas blancas, un pequeño transistor de radio, color blanco, una manzana ya mordida y un vaso medio lleno de un líquido amarillo brillante. En el estante de abajo había un montón de revistas, cuatro cartas, un bloc de papel rayado, un diminuto bolígrafo Waterman con repuestos de puntas en cuatro colores diferentes, y algunas monedas sueltas para cambio, exactamente ocho piezas de diez ore, dos de veinticinco ore, y seis de una corona. La mesa tenía dos cajones. En el superior había tres pañuelos usados, una pastilla de jabón en una jabonera de plástico, un tubo de pasta dentífrica, un cepillo de dientes, un frasco de loción para después del afeitado, una cajita de pastillas contra la tos, y un estuche de cuero con un limpiauñas, una lima y unas tijeritas. El otro contenía una cartera, una afeitadora eléctrica, un sobrecito con sellos de correo, dos pipas, una bolsa de tabaco y una postal en blanco y negro del Ayuntamiento de Estocolmo. Había varias prendas de vestir colgando del respaldo de la silla: una chaqueta de algodón gris, pantalones del mismo color y material, y un camisón blanco largo hasta las rodillas. Sobre el asiento de la silla había ropa interior y calcetines, y junto a la cama, un par de zapatillas. Un bañador color beige colgaba del gancho para ropa junto a la puerta.
Sólo había un color completamente diferente en la habitación: un rojo horrible. 
El muerto yacía echado de lado entre la cama y la ventana. Le habían cortado la garganta con tal fuerza que la cabeza había quedado echada hacia atrás en un ángulo de casi noventa grados y yacía con la mejilla izquierda sobre el suelo. La lengua se había forzado un camino a través de aquel boquete y la dentadura postiza de la víctima sobresalía de los labios mutilados. 
Caído hacia atrás, la sangre había salido a borbotones de la arteria carótida. Esto explicaba la veta carmesí a través de la cama y las salpicaduras de sangre en el jarrón de flores y la mesita de noche. 
Por otra parte, la herida en el diafragma había empapado la camisa de la víctima y producido el enorme charco de sangre que se había formado alrededor del cuerpo. Una inspección superficial de la herida indicaba que alguien, de un solo golpe, había cortado el hígado, los conductos de la bilis, el estómago, el bazo y el páncreas. Por no mencionar la aorta. 
Virtualmente toda la sangre del cuerpo se había vertido en pocos segundos. La piel era de un blanco azulado y parecía casi transparente, allá donde podía verse; por ejemplo, en la frente y en partes de las espinillas y los pies. 
La lesión en el torso era de unos veinticinco centímetros de larga y estaba completamente abierta; los órganos lacerados habían presionado hacia afuera entre los cortados bordes del peritoneo. 
Podía decirse que aquel hombre había sido virtualmente cortado en dos.

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comentarios:
A ver si eso era la trastienda de la carnicería y no una habitación.
¡tela con la descripción!!!
 
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