viernes, junio 03, 2011

 

Treinta años sobre las tablas :)

Los "Piratas de Guante Blanco" han subido hoy esta foto de hace justo treinta años a su página de Facebook (¡gracias Piratas! ¡qué alegría me habéis dado!).

Representando "Antígona", de Jean Anouilh.
Instituto Domingo Miral de Jaca, 1981.

¡Qué tiempos!

Y éste era mi monólogo inicial, justo en el momento de la foto (si me veis por la calle un día, no me pidáis que os lo repita... ¡porque podría hacerlo!):
Los personajes que aquí ven les representarán la historia de Antígona. Antígona es la chica flaca que está sentada allí, callada. Mira hacia adelante. Piensa. Piensa que será Antígona dentro de un instante, que surgirá súbitamente de la flaca muchacha morena y reconcentrada a quien nadie tomaba en serio en la familia y que se erguirá sola frente al mundo, sola frente a Creón, su tío, que es el rey. Piensa que va a morir, que es joven y que también a ella le hubiera gustado vivir. Pero no hay nada que hacer. Se llama Antígona y tendrá que desempeñar su papel hasta el fin... Y desde que se levantó el telón, siente que se aleja a una velocidad vertiginosa de su hermana Ismena, que charla y ríe con un joven; de todos nosotros, que estamos aquí muy tranquilos mirándola, de nosotros, que no tenemos que morir esta noche.
El joven con quien habla la rubia, la hermosa, la feliz Ismena, es Hemón, el hijo de Creón. Es el prometido de Antígona. Todo lo llevaba hacia Ismena: su afición a la danza y a los juegos, su afición a la felicidad y al éxito, su sensualidad también, pues Ismena es mucho más hermosa que Antígona, y sin embargo una noche, una noche de baile en que sólo había danzado con Ismena, una noche que Ismena estaba deslumbrante con su vestido nuevo, Hemón fue a buscar a Antígona que soñaba en un rincón, como en este momento, rodeando las rodillas con los brazos, y le pidió que fuera su mujer. Nadie comprendió nunca por qué. Antígona alzó sin asombro sus ojos graves hasta él y le dijo que sí con una sonrisita triste... La orquesta atacaba una nueva danza, Ismena reía a carcajadas, allá, en medio de los otros muchachos, y en ese mismo momento, él iba a ser el marido de Antígona. Ignoraba que jamás existiría marido de Antígona en esta tierra y que ese título principesco sólo le daba derecho a morir.
Ese hombre robusto, de pelo blanco, que medita allá, cerca de su paje, es Creón. Es el rey, tiene arrugas, está cansado. Juega el difícil juego de gobernar a los hombres. Antes, en tiempos de Edipo, cuando sólo era el primer personaje de la corte, gustaba de la música, de las bellas encuadernaciones, de los prolongados vagabundeos por las tiendas de los pequeños anticuarios de Tebas. Pero Edipo y su hijo han muerto. Creón dejó sus libros, sus objetos, se arremangó y ocupó su puesto.
A veces, por la noche, está fatigado y se pregunta si no será inútil gobernar a los hombres. Si no será un oficio sórdido que ha de dejarse a otros más apáticos... Y a la mañana siguiente, se plantean problemas concretos que es preciso resolver, y Creón se levanta tranquilo, como un obrero al comienzo de la jornada. 
La anciana que está tejiendo, al lado de La nodriza que ha criado a las dos chicas, es Eurídice, la mujer de Creón. Tejerá durante toda la tragedia hasta que le llegue el turno de levantarse y morir. Es buena, digna, amante. No presta ninguna ayuda a Creón. Creón está solo. Solo con su pequeño paje, que es demasiado pequeño y que tampoco puede hacer nada por él. 
Aquel muchacho pálido, que está allá, en el fondo, soñando pegado a la pared, solitario, es El mensajero. Él vendrá a anunciar la muerte de Hemón dentro de un rato. Por eso no tiene ganas de charlar ni de mezclarse con los demás. Él ya sabe... 
Por último, los tres hombres rubicundos que juegan a las cartas, con el sombrero echado sobre la nuca, son Los guardias. No son malos individuos, tienen mujer, hijos y pequeñas dificultades como todo el mundo, pero detendrán a los acusados, dentro de un instante, con la mayor tranquilidad del mundo. Huelen a ajo, a cuero y a vino tinto y no tienen ninguna imaginación. Son los auxiliares, siempre inocentes y siempre satisfechos de sí mismos, de la justicia. Por el momento, hasta que un nuevo jefe de Tebas con el debido mandato les ordene detenerlo, son auxiliares de justicia de Creón. 
Y ahora que los conocen a todos, podrán representar para ustedes la historia. Comienza en el momento en que los dos hijos de Edipo, Eteocles y Polinice, que debían reinar en Tebas un año cada uno, por turno, se batieron y mataron entre sí al pie de los muros de la ciudad, porque Eteocles, el mayor, al término del primer año en el poder se negó a ceder el puesto a su hermano. Siete grandes príncipes extranjeros a quienes Polinice había ganado para su causa, han sido derrotados frente a las siete puertas de Tebas. Ahora la ciudad está salvada, los dos hermanos enemigos han muerto y Creón, el rey, ha ordenado que a Eteocles, el buen hermano, se le hagan imponentes funerales, pero que Polinice, el bribón, el rebelde, el granuja quede sin llanto y sin sepultura, presa de cuervos y chacales. Quienquiera que se atreva a rendirle homenajes fúnebres será despiadadamente castigado con la muerte.

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comentarios:
por cierto, es una "pasada" de obra
 
Por la barbas de zeús!!! ¿Te acordabas de verdad? ¡qué memoria más prodigiosa! ¿Quieres ser pirata? :)
 
claro! pero decidme, qué navíos tengo que abordar para recibir el parche del ojo y el gorro pirata? últimamente navego en aguas tranquilas y no me gustaría terminar pasando por la quilla de un bajel enemigo
 
¡¡Sorprendente!! ¿Te acuerdas? Esto si que es un buen ejemplo de memoria de elefante ;)
 
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